Mar 03 2014

Qué paso en Vitoria

La situación. Franco estaba en un hospital, lo tubos le salían y entraban por todos los orificios naturales y artificiales que tenía su ya escuchimizado cuerpo y la preocupación en unos y la expectación en otros ocupaba la cabeza de todos.

Los convenios colectivos de no pocas empresas finalizaban con ese año 1975. Pero no importaba. Para eso estaban los enlaces y jurados, los delegados y comités que diríamos hoy. Sólo tenían que reunirse y vualá, convenio pactado. Era la ventaja de tener un sindicato vertical, un sindicato para todos (juntos podemos), para el patrón y para el obrero, para la señora y el caballero, representación igualitaria en un mismo organismo y en un mismo edificio.

Sí, el vertical y su capacidad integradora se había demostrado una vez más en las últimas elecciones sindicales: la participación había sido alta (70%). Tampoco existía tradición luchadora, la mayor parte de los trabajadores provenían del campo, emigrantes de toda España que hacía relativamente poco que estaban aquí. Y además el desconocimiento de las herramientas obreras, de la asamblea o de la huelga era casi absoluto.

Así que la lógica, y hasta la razón, decían que no había motivo de preocupación. Era cuestión de juntarse un día, (o dos para que nadie pensara mal) y firmar los papeles.

Todo era paz y armonía, todo parecía funcionar normalmente. ¿Todo?

No era oro todo lo que relucía. Los cargos sindicales estaban desprestigiados por su constante aceptación de lo que decía (más bien ordenaba), el patrón. No parecía, pero los trabajadores estaban hasta los mismísimos de toda esa gente.

Empiezan las asambleas. Trabajadores de diferentes fábricas se reunieron al margen de las marionetas. Empezaron a hacer asambleas y llamamientos a participar en ellas. Al comienzo no hubo mayores problemas porque el sistema pensó que no iban a ninguna parte, incluso algunos enlaces y jurados participaban en esas reuniones y podían celebrarse dentro de la fábrica.

Se coge fuerza. La asamblea empieza a crecer, a tener importancia para los trabajadores, que eligen en ellas a sus representantes al margen de la “representación legal”. La participación es cada vez más numerosa. Los trabajadores notan en las asambleas que son protagonistas de la situación. Son ellos los que acuerdan qué hay que hacer en cada momento. Nadie decide por ellos.

Este tipo de organización siguió avanzando y además de las asambleas de fábrica se hacían asambleas de representantes de las diferentes fábricas que estaban en lucha y asambleas generales.

Se elaboraron tablas reivindicativas comunes:

  • Subidas salariales lineales porque se entendía que los incrementos porcentuales aumentan las diferencias entre los salarios más altos y los más bajos.
  • Jornadas de 40 o 42 horas semanales, con media hora de bocadillo para los que hicieran turnos de 8 horas seguidas.
  • Jubilación a los 60 años con renovación de salarios.
  • 100% en caso de enfermedad o accidente desde el primer día.
  • Y reconocimiento de los representantes salidos de las asambleas.


La lucha se endurece.
Como la patronal se cierra y no acepta ni las reivindicaciones ni a los representantes obreros, se toma la decisión de hacer huelgas.

A medida que la lucha fue tomando cuerpo se fue convirtiendo en más dura porque el sistema (la patronal, las instituciones, la policía) se lanzó a anular y a liquidar ese movimiento asambleario: hay despidos, aparecen panfletos desprestigiando a trabajadores con nombre y apellidos, hay detenciones, los grises en cuanto ven un grupito se lanzan y al grito de disuélvanse te ponen a palos como a una merina, etc.

Las consecuencias de esa reacción también se notan en el lado obrero. A las reivindicaciones iniciales se suman otras: derecho de huelga y asamblea, no se acepta negociar nada mientras haya un solo despedido, detenido o represaliado, no se reconoce absolutamente ninguna legalidad sindical.

Y a las intervenciones cada vez más asiduas de la policía se responde con la aparición de piquetes obreros que ponen en evidencia a los que van a trabajar. También se habla con esas personas para hacerles comprender la necesidad de que se unan al movimiento huelguístico.

Los obreros en huelga llevan el conflicto a todo el pueblo y aumentan sus estructuras organizativas: se convocan varias huelgas generales de un día y se crea una caja de resistencia.

Huelgas. La primera, el 16 de febrero que tuvo un buen seguimiento y que se saldó con la liberación de algunos trabajadores detenidos días antes. La segunda, el 23 de febrero, hizo hincapié en los despedidos. Tuvo menos éxito que la primera. Al día siguiente buen número de trabajadores consideró que volver al trabajo no era una mala opción para arreglar el conflicto, puesto que muchas reivindicaciones se habían conseguido y en ese momento no había nadie entre rejas.

De todas formas se convocó una tercera el 3 de marzo ya centrada totalmente en la liquidación del sindicalismo oficial vertical con el reconocimiento de los representantes salidos de las asambleas, y en los despedidos.

3 de marzo. La huelga se notó desde primera hora de la mañana. En pocos sitios se trabajó ese día. En la asamblea general convocada en una iglesia del barrio obrero de Zaramaga (San Francisco de Asís), a la 5 de la tarde entraron alrededor de 4000 trabajadores, los que cabían, y en los inmediaciones unos cuantos miles más.

La policía rodeó primero la zona, después lanzó gases dentro de la iglesia, y cuando la gente salía en desbandada es un hecho que cargó brutalmente, incluso a tiros, contra los trabajadores.

Al final: 5 trabajadores asesinados y un centenar de heridos de bala.
A partir de ahí es cierto que se entró a trabajar y que se detuvo a los trabajadores más conocidos pero también es cierto que el sindicato oficial (la Organización Sindical Española, que se llamaba) desapareció, que los empresarios aceptaron gran parte de las reivindicaciones y que de los detenidos, los dos que estuvieron más en la cárcel fue hasta agosto de ese año, o sea menos de 6 meses.
Se entró a trabajar, sí, pero alguien dijo que ni vencidos ni convencidos, no había más fuerzas.

Lo libertario. Está escrito que la lucha que culminó el tres de marzo de 1976 no fue una formulación anarcosindicalista porque éstos defienden la función del organismo sindical, o sea la CNT, pero sí que coincidían en esa confianza creadora y liberadora de la acción cuando ésta se desarrolla desde la base, desde sus propios protagonistas.
Protagonistas del metal, de la madera o del comercio, jubilados, amas de casa. Se entiende que la lucha no sólo es de los que están en huelga, los problemas de unos son los problemas de todos, repercuten en todos. Es la teoría de la libertad de Bakunin: uno no puede ser realmente libre si el que está al lado no lo es también.

Se reivindica, y no hay que quitarle importancia a esto, mejores condiciones salariales y sociales pero se hace saltando por encima de la legalidad existente, se exige la liquidación teórica del sindicalismo oficialista y de forma práctica se acaba con él. De hecho y de forma natural aparecen unas estructuras de organización que no se dicen que son anarquistas pero que sí lo son.

La CNT recuerda, sí, ese día como un símbolo de lucha obrera. Y no olvidamos ni olvidaremos a los trabajadores vilmente asesinados ni a sus asesinos.

Aparte. Lo que ocurrió en los años posteriores no lo vamos a tratar hoy aquí, pero sería para analizarlo bien, porque no tiene mucha lógica que decenas de miles de trabajadores sean capaces de dejarse la piel luchando contra el sindicalismo vertical y apenas un año después se afilien y hagan seguidismo del mismo sistema de representación, cambiando sólo el nombre de enlaces y jurados por el de delegados y comités de empresa.

¿Cómo es posible que ya nadie se acuerde de lo que es una asamblea? ¿Cómo es posible que se haya olvidado aquello de unión, acción autogestión?

¿Cómo es posible que las pocas luchas que hay estén totalmente fraccionadas y que cada uno vaya por su lado, mirando exclusivamente sus intereses más economicistas e inmediatos?

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