Dic 27 2016

ELOGIO DE LA PEREZA – El Diario

Aparentemente hay cierto consenso en que 2016 ha sido un año de mierda. Donald Trump al frente del Imperio, el Brexit, la ultraderecha abriéndose paso en Europa, la claudicación del PSOE para darle el Gobierno al PP, etc. Y, sin embargo, de la pocilga que ha sido este año siempre se puede sacar alguna lección, incluso de los personajes más inesperados. Es el caso de Mariano Rajoy. No entraré hoy a valorar sus planteamientos políticos (ya los hemos criticado con dureza en esta columna a lo largo de los últimos años): hoy toca hablar de su actitud vital. En concreto, de su actitud para gandulear sin rubor; su capacidad para afrontar con despreocupación los retos del día a día; su capacidad para no hacer nada cuando todo el mundo le pide a gritos que haga algo.

Sí, he de reconocer que en este sentido Rajoy me ha ganado. Frente a los apologetas de la hiperactividad y la necesidad imperiosa de estar supermotivados y buscar un sentido a la vida en la entrega personal al trabajo, Rajoy ha demostrado que se pueden conseguir los objetivos del curro esforzándose lo justo y necesario. Él decidió, en contra de las reglas básicas de las biblias de autoayuda sobre éxito personal, que lo mejor era quedarse en la zona de confort y no arriesgarse. Así que para seguir gobernando Rajoy permaneció sentado y se fumó un puro mientras sus rivales políticos se destrozaban. Y algunos todavía siguen descuartizándose.

Rajoy nunca será invitado de ponente a uno de esos cursos de motivación que ahora organizan las empresas para someter -todavía más- la voluntad de sus empleados. Rajoy parece, en esencia, un tipo feliz al que no le gusta hablar del trabajo después del trabajo. Aunque Mariano Rajoy puede holgazanear a gusto porque es uno de los pocos españoles que no tiene jefe. Él es el jefe. Para la mayoría es algo más complicado.

De hecho, son los jefes en general, y en especial los jefes ‘liberales en lo económico’, los que más se han preocupado por la intención del Gobierno de regular la salida del trabajo a las seis de la tarde. Hay columnistas del establishment que ya han escrito que corremos el riesgo de trabajar cada vez menos, que el problema en España es que trabajamos poco y que hay que terminar con los puentes. A qué narices viene el Gobierno a decirnos nada cuando todo el mundo sabe que es mejor no levantarse de la silla hasta que el jefe se haya levantado de la silla. Porque para eso él es el jefe y tú no, y además esto es España.

Sabido es -no hay más que haber trabajado en España- que los empresarios no ponen demasiado rigor en respetar las estipulaciones legales (más de la mitad de las horas extra no se pagan, un montón de currelas están aguantando como pueden con orfidal porque hacen el trabajo de varias personas agobiados y sobreexplotados, etc) así que el cumplimiento del límite de las seis de la tarde se antoja difícil en caso de que salga adelante. Pero, en todo caso, quizás esta medida sirva, al menos, para abrir el debate sobre el fracaso del modelo de trabajo tradicional.

Últimamente se ha escrito mucho sobre esto. Los trabajos precarios, es decir, aquellos trabajos que no sirven para salir de la pobreza se han convertido en una parte estructural del sistema. Conseguir un empleo no garantiza necesariamente una vida digna. En España hay que sumar a esta situación el alto porcentaje de paro incluso en momentos de bonanza económica. Y cada vez más puestos de trabajo se están automatizando. Como dice James Livingston, “ya no hay bastantes trabajos disponibles y los que quedan no sirven para pagar las facturas. ¿Y si el trabajo no es la solución, sino el problema?”.

Por eso no es descabellada la visión de que la solución no vendrá por el crecimiento infinito, sino por un modelo de trabajo alternativo: quizás trabajar algo menos para repartir el trabajo entre más gente; quizás establecer una renta básica, etc. Cada vez son más los teóricos que abogan por este tipo de soluciones que se alejan de los esquemas habituales. “El trabajo no es la esencia de lo que significa ser humano”, explica la teórica feminista Kathi Weeks. Lean a @errejoners o entren en el blog Domingos en chandal.

En el fondo, este sistema está sustentado en una ideología que conforma nuestras identidades personales en función exclusivamente del trabajo. Una ideología imperante que establece el trabajo como el centro de nuestra existencia sobre el que orbitan el ocio personal o el tiempo que pasamos con la familia. Una ideología que lanza a los críos a amargarles la vida con un montón de actividades extraescolares para prepararlos laboralmente para el futuro. Una ideología que nos obliga a estar permanentemente activos, reciclados, produciendo, haciendo cosas a cambio de alguna promesa. Una ideología en la que está mal visto aburrirse o hacer cosas que no tienen beneficios materiales. Una ideología en la que la felicidad más allá del trabajo resulta sospechosa. Una ideología para conseguir ser algo en la vida, triunfar en lo tuyo. Una ideología que cada vez da más pereza.

IKER ARMENTIA – El Diario

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