PAVIA, LA CIUDAD ITALIANA CON CASTILLO MEDIEVAL, CENTRO MONUMENTAL Y UNA MÁQUINA TRAGAPERRAS CADA 100 HABITANTES – El Diario

  • La ludopatía golpea Pavia, que antes era comparada con Oxford por su prestigio académico. Ahora la llaman ‘Las Vegas’
  • El Ayuntamiento ha impulsado leyes para restringir el uso y ubicación de las máquinas tragaperras, y premia a los bares y cafeterías que no tienen una instalada
  • Las medidas y campañas de prevención van surtiendo efecto, pero organizaciones sociales advierten de que la regulación tiene que extenderse a los pueblos cercanos

El juego online, la ludopatía con más pacientes adictos tras las tragaperras

– Pavia

Un día a principios de año, Massimo, que a sus 45 años lleva 18 luchando contra su ludopatía, empezó a caminar hacia un puente. «Iba decidido a saltar», cuenta.  «Empecé a jugar a las tragaperras y al vídeo póker tras la muerte de mi padre y acabé perdiendo 5.000 euros cada día», explica este artesano constructor de cercas oriundo de Pavia, en el norte de Italia. Pronto comenzó a deber fortunas a prestamistas usureros y acabó robando para financiar su adicción. Antes de pensar en suicidarse se le pasó por la cabeza quitarle dinero a su madre.

Ahora, Massimo (nombre falso) vive en Casa del Joven, un centro que aloja un centenar de pacientes que están recuperándose de sus adicciones. La mitad de los casos son de ludopatía, síntoma de una epidemia que azota a Pavia desde hace más de una década.

Durante siglos, Pavia fue conocida como «la Oxford italiana»: tiene una de las universidades más prestigiosas del país, fundada en el año 1361, y un precioso castillo medieval. Está situada a unos 40 kilómetros al sur de Milán, en el antiguo camino de peregrinación de la Vía Francígena entre Francia a Roma, y su centro histórico es actualmente candidato a ser nombrado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Pero esa reputación cambió en 2013 cuando la ciudad comenzó a ser conocida como «la capital italiana del juego»: hay una máquina tragaperras cada 104 habitantes. Aunque los italianos no viajan a Pavia para apostar –en este sentido, no es como Las Vegas ni Atlantic City–, los medios de comunicación locales la apodaron «Las Vegas de Italia».

«En 2004 nos dimos cuenta de que algo nuevo estaba pasando cuando un niño de 14 años trajo a su padre, que mostraba claros síntomas de ludopatía», recuerda Simone Feder, uno de los psicólogos al frente del programa de adicciones del centro. «Poco después, una pareja de aspecto burgués vino a pedir ayuda: el marido había perdido todo el dinero de la familia apostando», relata. Desde entonces han tratado pacientes de todas las edades y orígenes.

Pavia no se esperaba ocupar titulares de prensa por estos motivos y muchos decidieron ponerse en marcha: un pequeño grupo de vecinos se organizó y creó el movimiento SenzaSlot, sin tragaperras, para luchar contra la ludopatía. Sus esfuerzos ya comienzan a dar frutos.

«Un día entré a un bar y no podía oír el sonido de la cuchara mientras revolvía mi café por el ruido de las monedas entrando en las tragaperras», relata Pietro Pace, informático y miembro de SenzaSlot. «Allí dentro había personas gastándose el salario entero», confiesa.

Para comprender los problemas que ahora afronta la ciudad hay que remontarse a la década de los setenta, con la crisis de la industria mecánica. La población cayó de los 87.000 habitantes con los que contaba entonces a los cerca de 72.000 de la actualidad. Hoy, las fuentes de empleo principales son el hospital y la Universidad, convirtiendo a Pavia en una ciudad dormitorio de Milán, centro neurálgico industrial al norte de la ciudad.

«A nivel cultural, no hay mucho que hacer», afirma Giulia Cavaliere, editora y escritora que ha vivido toda su vida en Pavia. «Es una ciudad rica, pero la mentalidad de la gente es bastante cerrada. Hay solo un cine. La Universidad es lo único que mantiene viva a la ciudad, ya que le asegura un flujo constante de gente joven», cuenta.

La suma de todos estos factores convierte a Pavia en una ciudad especialmente vulnerable a la ludopatía, analiza la organización SenzaSlot. A mediados de los dos mil, después de que el Gobierno retirara las restricciones, comenzaron a aparecer tragaperras en los bares y cafeterías de la ciudad. De pronto, los vecinos tenían la posibilidad de apostar cada vez que tomaban un café.

«La ciudad se llenó de tragaperras y máquinas de vídeo póker», remarca Ludovica Cassetta, activista de SenzaSlot. «El proceso llevó unos años, pero fue algo constante. Llegamos a un punto en el que los bares parecían sitios de apuestas, como si los clientes normales ya no importaran», reconoce.

En 2013 Pavia tenía 647 tragaperras y el mayor gasto per capita en juegos de azar de toda Italia: 1.600 euros por año.

El primer proyecto de SenzaSlot fue elaborar un sitio web con un mapa de la ciudad en el que figuran los pocos bares y cafeterías que no tienen máquinas de juego, y a los que la asociación ofrece una pegatina identificativa.  También organiza eventos para informar a los vecinos, especialmente a los niños, de los peligros de la ludopatía.

Además, SenzaSlot ofrece asesoría legal a los bares que quieran retirar sus tragaperras, algo que no es tan sencillo como parece. Los bares no operan directamente sobre las máquinas, sino que son gestionadas por diferentes empresas que después reparten a los dueños una parte de los ingresos.

Instalar una máquina tragaperras nueva es fácil, no así quitarla: implica una pérdida de ingresos de entre 500 y 750 euros al mes por máquina, y es probable que el bar deba pagar una sanción  de normalmente unos 8.000 euros por máquina por romper el contrato.

«Si tienes un par de tragaperras en el bar, te dan entre 1000 y 1500 al mes, lo cual te permite pagar el alquiler», explica Riccardo Bernasconi, propietario de Sottovento, una cafetería sin tragaperras. Bernasconi asegura que muchos dueños de bares acceden a tener tragaperras porque las empresas que hay detrás ofrecen sistemas de pago con tarjeta de crédito sin costo. Bernasconi se prometió a sí mismo nunca tener tragaperras en su cafetería porque considera que sus clientes, la mayoría estudiantes, son demasiado jóvenes para comprender los riesgos.

Por el contrario, Matteo Tacchinardi, propietario del centenario Bar Italia, tiene tragaperras desde hace más de una década. Pensó en deshacerse de ellas, pero dice que no pudo pagar las sanciones. “Tenía que pagar 8.000 euros por cada máquina, y es demasiado para mí”, afirma. De todas formas, como le molesta ver a sus clientes “tirando el dinero”, se niega a cambiar billetes por monedas si sabe que serán utilizadas en las máquinas.

El movimiento SenzaSlot ha logrado avances y ahora tiene a las autoridades locales de su lado. El exalcalde de Pavia, Massimo Depaoli, restringió el horario de funcionamiento a ocho horas diarias –de 10 a 13 y de 18 a 23– con el objetivo de reducir la exposición a grupos vulnerables como los niños o las personas mayores.

Las autoridades locales han aprobado una normativa que prohíbe instalar una nueva máquina a menos de 500 metros de una escuela, una iglesia o un hogar de ancianos. «Lamentablemente, no pudimos quitar las tragaperras que ya estaban porque tenemos que esperar a que caduque el contrato de cada una», explica Depaoli, que dejó el cargo el mes pasado. «Pero Pavia es una ciudad pequeña, así que será difícil encontrar sitios que no estén dentro de las áreas restringidas», lamenta.

Además, el Ayuntamiento las ha prohibido en sus instalaciones y como incentivo ofrece a los bares y cafeterías sin tragaperras abrir más horas durante los días festivos.

Estas medidas están surtiendo efecto. A finales del año pasado, la cantidad de máquinas de juegos de azar en Pavia cayó de 642 a 547, y el gasto per cápita se había reducido en un 25% hasta los 1.200 euros.

SenzaSlot ve con buenos ojos las medidas recientes, pero advierte que aún no se ha ganado la guerra. «Es cierto que nuestra ciudad está intentando poner límite a las tragaperras», cuenta Cassetta, «pero hay muchos pueblos cercanos que no tienen ninguna regulación anti-tragaperras. La gente puede irse a jugar allí», sentencia.

Traducido por Lucía Balducci

EL DIARIO

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