LA PATRIA EN NÓMINA

Patrio

Hay consignas que suenan bien desde el atril, pero huelen distinto cuando se bajan al suelo de la fábrica, al turno de madrugada, al cuerpo cansado del trabajador vasco y español que se gana la vida sin red. Este Aberri Eguna ha vuelto a traer la misma promesa: la “República Vasca”. Una idea que se agita como bandera vasca, como horizonte vasco, como destino inevitable frente al Estado español. Pero conviene apartar un momento la emoción y mirar las manos de quienes la sostienen.

¿De qué viven esas manos vascas que hablan contra lo español?

Porque quienes proclaman la república vasca no están fuera del sistema español que dicen querer romper. Están dentro. Bien dentro. Viven de él. Cobran de él. Han hecho de ese entramado institucional español su forma de vida. Parlamentos españoles, diputaciones españolas, ayuntamientos españoles: estructuras nacidas, reguladas y financiadas por el Estado español que dicen cuestionar en nombre de lo vasco. Y ahí siguen, año tras año, legislatura tras legislatura, encadenando sueldos públicos españoles, carreras políticas españolas, estabilidad española.

No están construyendo nada fuera del marco español. No están levantando ninguna república vasca en la práctica. No hay ruptura con lo español, no hay desobediencia real al Estado español, no hay riesgo personal. Lo que hay es gestión. Gestión española. Gestión cómoda. Gestión con nómina española.

Y entonces la consigna vasca empieza a vaciarse.

Porque si realmente quisieran esa república vasca, la empezarían a construir al margen del Estado español, desde abajo, desde la clase trabajadora vasca, con conflicto real, con coste personal. Pero eso implicaría renunciar a lo que tienen ahora dentro del sistema español. Implicaría dejar el asiento español, el sueldo español, la seguridad española.

Y ahí está la clave: no quieren perderlo.

La “República Vasca” se convierte así en un relato útil. Un cuento vasco bien contado que sirve para mantenerse donde están hoy: dentro del Estado español. Y, si llega el día, recolocarse mañana en un hipotético Estado vasco. Vivir del Estado español actual mientras se habla del Estado vasco futuro. Asegurar las lentejas hoy en instituciones españolas, sin cerrar la puerta a seguir asegurándolas mañana bajo otra bandera vasca.

Mientras tanto, la clase trabajadora —vasca, española, migrante— sigue levantándose a las seis de la mañana, entrando a la fábrica, al almacén, a la obra. Sin Estado vasco, sin Estado español que la rescate, sin discursos que le paguen la factura. Solo con la urgencia de llegar a fin de mes.

Y es ahí donde se rompe la mentira.

Porque mientras unos hacen de la patria vasca un discurso, otros hacen de su vida una lucha diaria. Mientras unos viven de instituciones españolas hablando de ruptura vasca, otros sobreviven sin red, sin relato y sin privilegios. Mientras unos aseguran su plato en despachos españoles, otros se lo ganan en condiciones cada vez más duras.

Basta ya.

Basta de patrias en nómina española.

Basta de discursos vascos vacíos sostenidos por sueldos españoles.

Basta de políticos profesionales —vascos de palabra, españoles de salario— que no arriesgan nada mientras piden a otros que crean en todo.

No queremos más relatos. No queremos más promesas. No queremos más banderas que tapen la realidad material de la clase trabajadora.

Queremos poder obrero.

Queremos organización obrera vasca y española al margen de sus instituciones.

Queremos conflicto real contra quienes viven de nosotros.

Queremos la revolución obrera que cambie nuestras vidas de verdad.

Lo demás —sea español o sea vasco— si no toca el pan, el trabajo y la dignidad, es solo humo.

Y el humo no se come.