
Vivimos un sindicalismo con dos caminos. Uno se acomoda en despachos, gestiona acuerdos, mide avances en porcentajes y firma paz social. Ese camino encaja dentro del sistema y asegura su continuidad.
El otro camino se abre en la calle y en los centros de trabajo: nos organizamos desde abajo, incomodamos y rompemos inercias. Ese es el camino que apunta más lejos y empuja hacia una transformación real. Nuestra movilización reúne fuerzas, teje complicidades y convierte la solidaridad en práctica viva. Estar en las calles refuerza nuestra confianza y multiplica nuestra capacidad de acción.
A nivel internacional, asistimos a una escalada bélica: Palestina, Venezuela, Líbano, Irán, Cuba, Ucrania… tras estos conflictos se esconden los intereses económicos de la clase dominante, del mismo sistema que exprime nuestro trabajo impulsa guerras por recursos y poder. Nuestra conciencia internacionalista une territorios y levanta una respuesta común.
Nuestra organización genera poder. Nuestra confianza impulsa avances. Nuestra lucha abre camino y construimos nuestro propio horizonte.
¡Gora borroka sindikala!

